jueves, 8 de mayo de 2014

Un cuento salsero

La canción de rock terminó. Me quité los audífonos. Me bajé de la buseta por ahí a las ocho y media; iba tarde. Ni me di cuenta dónde me había bajado. Estaba cerca del Centro Internacional; pero era mejor empezar a caminar por los trancones de una ciudad que siempre está en obra. 

Tenía afán, y no sé por qué no caminaba rápido. Solo caminaba mirando esas calles por las que había pasado un millón de veces, pero nunca había mirado con atención. Llovía. De repente, miré a lo profundo de un callejón a mi derecha: se podía ver el resplandor de luces de colores rojizos difuminados sobre el suelo mojado y se alcanzaba a escuchar una música extraña. Parecía vieja y sabrosa. 

Sin pensarlo, caminé hacia el callejón. Tenía que saber cuál era esa música. Fui acercándome al sitio con luces y comprobé que se trataba de un bar marcado con letras como tizones de neón que decían La Teja Sonfo Gozona. 

La música y los gritos que salían de allí inundaban de alegría todo aquel callejón. Era inevitable querer entrar y ver más... Entré y vi una barra con poca gente y una pista de baile abarrotada de movimiento y cuerpos sudorosos. Me acerqué a la barra. Me dejé llevar por todo ese entorno. Ya no pensé más. Solo me sumergí en esas sensaciones que me hacían saborear el sudor, que me contagiaban de una profunda vitalidad en movimiento y que refrescaban todo mi ser con la alegría del ritmo. “Sube, sube, sube la temperatura… Sube y sube”. Sí, exactamente, todas las temperaturas subían sin parar.

Los latidos de los corazones, la música, la cadencia, los olores y jadeos, se fueron mezclando en un plano secuencial infinitamente ascendente que transformaba todo aquello en una sublime y rítmica fornicación colectiva. Me sentí lleno de una fuerza incontrolada; una energía súbita y frenética que se metió en mi sangre y mi alma para siempre. 

Yo la llamo salsa.

(Javier Egas publicado en 2010) 

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